El Dios

El hombre se quedó hincado días y años, al pie de la gran escultura moldeada por algún artesano místico, soportando toda clase de inclemencias. Debía estar allí.
Decían que la estatua, enclavada en la gran montaña, tenía poderes sanadores; el hombre pasaba las horas con sus mandíbulas endurecidas de tanto susurrar plegarias.
-No lo hagas por mí -murmuraba-. Yo puedo reponerme de perderla, pero ella sufre demasiado su enfermedad.
De vez en cuando, algún conocido lo palmeaba en el hombro y le decía:
-Sigue firme, pide con fervor, la imagen obrará un milagro- y así seguía pasando el tiempo.
Le dijo su hijo: -mamá apenas puede respirar-.
El se levantó y el ruido de sus huesos retumbó en la ladera. Había permanecido tanto tiempo de rodillas.
-¿Que haces? -le preguntó sorprendido su hijo-. No puedes abandonar ahora. Tienes que esperar el milagro.
Él, con voz ronca y firme le contestó: -¡Un Dios que observa cómo un hombre deja su vida en una eterna plegaria es un Dios que no está dispuesto, o no puede hacer milagros!

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